José camina por las calles de Córdoba con la soltura de siempre. Se mueve tranquilo porque conoce cada palmo del barrio en el que trabaja todos los días para ganarse lo mínimo para comer y vivir. Y a veces, para comprar droga.
Hace unas semanas, al horror provocado por el hallazgo del cuerpo de una joven descuartizado se le sumó la confirmación de los datos de la identidad del cuerpo de la mujer que apareció en el placar de un departamento que habitaba el expolicía Horacio Grasso, a quien ahora se investiga por ese crimen que cometió mientras estaba bajo el régimen de libertad condicional luego de permanecer varios años detenido en la cárcel de Bouwer.
En el trasfondo de estas historias está la droga, y la peor adicción conocida hasta el momento en Córdoba.
José es adicto al crack, al pipazo, a lo que en Buenos Aires se conoce como paco. La sustancia es lo que se considera el residuo que queda luego de cocinar la cocaína, es pura basura con un toque del “producto” original que ya llega a Córdoba bastante diluido.
Es sumamente adictivo y está haciendo estragos en los barrios de la capital, y en las ciudades del Gran Córdoba, de la que Carlos Paz y los pueblos de la región forman parte.
José no se llama así, tiene otro nombre que cambiamos para preservar su identidad. En una charla con Carlos Paz Vivo contó que llegó a fumar crack luego de un momento límite que le tocó vivir. Un allegado le dijo: “no hagas cagadas” y le ofreció esa salida. “No lo pensé en ese momento pero fue como una salvación que duró poco, unos segundos en los que no pensás en nada y es como salir de tu cuerpo y ver todo desde afuera”; aseguró.
El tema es que a los dos minutos, el cerebro quiere más y más.
“El crack es metanfetamina pura. De lo que cocinan de la droga, queda el aceite puro que se fuma. Se pone en una lata con un hueco, y se usa una virulana para que se filtre y no se queme. Se dice crack porque hace ruido cuando lo rompés”; agregó.
“No me sirvió y no me va a servir”
José contó que antes de ingresar a este consumo, fumaba marihuana y muy de vez en cuando aspiraba cocaína. Una noche tuvo una pelea que terminó mal pero pudo haber seguido y culminar peor.
“Casi me la remando esa noche”, dijo y la salida que encontró no fue la mejor. Contó que bajó mucho de peso y que si bien ahora siente que está saliendo del hábito de ese consumo, afirma que es una sustancia que lleva a querer estar siempre en contacto con ella.
El residuo: Cocaína adulterada
Roberto Cabrera está al frente de la asociación Pro Joven, una entidad que acompaña procesos de recuperación de las adicciones en Carlos Paz y la región.
En diálogo con Carlos Paz Vivo, explicó: “Lo que se conoce como “pipazo” no es algo nuevo en el mundo, aunque en Argentina tomó fuerza en los últimos años. Consiste en fumar cocaína de baja calidad. Como la cocaína que ingresa al país es escasa y suele estar muy adulterada, lo que más circula es pasta base. Entonces los chicos la preparan de manera rudimentaria: con un cañito, una esponja, un encendedor, y fuman el humo que se desprende”.
Cabrera aseguró que “ese humo provoca un efecto inmediato, muy intenso, un verdadero “flash” en el cuerpo. El problema es que así como llega rápido también se va enseguida, y eso genera una compulsión enorme: la necesidad de volver a repetir la dosis a los pocos minutos. Es un consumo muy agresivo porque engancha rápido y lleva a una espiral de consumo constante”.

-¿Y qué diferencia hay con otros consumos, como el paco?
-El paco fue el primer gran formato de este tipo de consumos en sectores vulnerables. El pipazo lo reemplazó en parte porque la cocaína que circula hoy en Argentina es tan mala que aspirarla, lastima la nariz y pega muy despacio. Fumarla, en cambio, produce un efecto inmediato y más placentero para el consumidor. En Estados Unidos se hablaba del crack, que era un derivado caro y elitista. Acá los chicos dicen que “craquean”, pero en realidad están fumando cocaína adulterada, de pésima calidad. Esa diferencia es importante: no es un consumo sofisticado, sino algo muy precario y riesgoso, sobre todo para los adolescentes.
-¿Por qué los adolescentes son los más expuestos?
– Porque son los que suelen probarlo primero, buscando nuevas experiencias, sin medir las consecuencias. En un adulto que ya pasó por otros consumos es más difícil que se enganche, pero en los más jóvenes el efecto es tan fuerte que genera rápidamente una dependencia psicológica. Y esa dependencia los lleva a cometer lo que llamamos “delitos de supervivencia”: vender un teléfono, una campera, sacarle plata a los padres o robar algo chico en el barrio. Es el círculo inmediato del consumo. El adolescente, además, tiene un cuerpo en desarrollo, más frágil, aunque crea que es invulnerable. Por eso el impacto físico y emocional del pipazo es todavía más grave.
-¿Y cómo ves la situación en Córdoba? ¿Está muy instalado este consumo de pipazo?
-Sí, está instalado. Hoy hay mucha cocaína adulterada dando vueltas y eso genera un mercado muy accesible. Aparecen pequeños vendedores, lo que yo llamo “tranzas de cuarta”, que compran 100 gramos, lo mezclan con cualquier cosa y lo venden fraccionado en dosis muy baratas. Para un adolescente es sencillo conseguirlo y, como el efecto se va rápido, necesita repetirlo. Eso empuja al robo inmediato: una bicicleta, una campera, un celular. Y lo más grave es que esos vendedores aceptan cualquier cosa como forma de pago, porque saben que igual lo van a colocar. Es un escenario que nos retrotrae a los 90, con la diferencia de que ahora hay más acceso todavía y menos control efectivo.
-Frente a eso, ¿qué se puede hacer como sociedad? ¿Cómo debe actuar una familia?
– Si un chico ya está en ese consumo, no se puede ser indiferente. Hay que reaccionar rápido. Eso implica cortar el flujo de dinero, controlar amistades de riesgo, retirar acceso al teléfono si hace falta, pero siempre acompañado de un tratamiento especializado. No se trata de militarizar la casa, sino de mostrarle que la familia no es cómplice y que hay una salida. El adolescente no es tonto: sabe que lo que hace no está bien, aunque lo defienda porque le gusta. Entonces hay que recordarle que está dañando a su entorno y también a sí mismo. En lo social, el Estado debe trabajar en serio: cerrar puntos de venta, pero también abrir espacios de contención y prevención. Hoy muchas veces vemos más operativos para la foto que políticas consistentes. Eso genera bronca porque la respuesta queda en el espectáculo del procedimiento y no en soluciones reales.
“La prevención y el trabajo en red son claves para enfrentar el consumo problemático”
El pastor Gustavo Olivera trabaja en el área de Salud Mental y Adicciones de la Municipalidad de Córdoba además de desarrollar su tarea pastoral en la Iglesia Evangélica.
El pastor dialogó con Carlos Paz Vivo sobre la problemática del consumo problemático de drogas y el impacto que tiene en distintos sectores sociales. Subrayó la necesidad de un abordaje integral, en red, y destacó la importancia de la espiritualidad en los procesos de recuperación.
–¿Cómo están viendo la problemática en estos meses?
-Es una situación compleja que lamentablemente se da en casi todas las ciudades y barrios, y afecta a todos los niveles sociales. Se trata de una problemática multicausal, porque no hay una sola razón, sino múltiples. Por eso, el abordaje debe ser integral: trabajar en redes con organizaciones, el Estado, clubes, centros vecinales, iglesias y escuelas. La complejidad es amplia y hoy ya no hablamos de un consumo de una sola sustancia, sino de policonsumo, en distintas edades y en todos los sectores sociales. Lamentablemente, muchos comienzan a muy temprana edad.
–En Córdoba se habla del “pipazo”, en Buenos Aires del “paco”. ¿Cómo lo describiría?
Es lo que queda de la pasta base de la cocaína, la parte residual. Puede contener cualquier cosa, y la forma de consumo es fumándola, generando un humo con algún implemento. Es una sustancia muy adictiva, de efecto inmediato pero muy corto. Esto hace que la persona quiera volver a consumir una y otra vez, generando un deterioro muy grande a nivel de salud. Nosotros hemos acompañado a chicos muy jóvenes que llegan con lesiones graves, como las yemas de los dedos totalmente quemadas por sostener el encendedor mientras fuman. El impacto en la salud es tremendo: problemas cardíacos, infartos, trastornos circulatorios, renales, hepáticos, cerebrales. Algunos quedan con alucinaciones, paranoias, duermen muy poco, se alimentan mal y llegan a un estado de desnutrición. Es una situación muy triste.
–¿Cómo trabajan desde la fe frente a este flagelo?
-Creemos que los procesos de sanación atravesados por la espiritualidad y la fe son clave en la recuperación. Gracias a Dios, contamos con centros residenciales y ambulatorios tanto de la iglesia evangélica como de la católica. Eso permite que las personas puedan sostener su recuperación y evitar recaídas. Cuando la fe y la espiritualidad atraviesan el proceso, las probabilidades de reincidir son menores, porque la persona se integra a una comunidad de fe y va cambiando hábitos y conductas, sostenido en la esperanza.
En Córdoba capital hemos conformado la “Mesa Cristiana en Adicciones”, integrada por curas y pastores que trabajan en distintos barrios. Esto permite complementar el trabajo en red y acompañar a quienes lo necesitan.
–¿Qué lugar ocupa la prevención?
-Es fundamental. La prevención la hacemos entre todos, a veces sin darnos cuenta. Cada acción, cada tarea que llevamos adelante, es parte de ella. Las comunidades de fe tienen un rol clave: ese comedor, esa canchita de fútbol, ese espacio donde los chicos reciben una merienda, apoyo escolar o simplemente contención. Todo eso son acciones preventivas. Si llegamos antes, será mejor evitar lo que hoy estamos viendo.
Por consultas
Centro Terapéutico Integral Pro-Joven, Prevención y Asistencia de Situaciones Asociadas al Consumo Problemático de Drogas.
Roberto Cabrera: +54 9 3541 57-6959






