Por Ana Mariani. En comunicación con Carlos Torres, el hermano de Gustavo, con emoción expresó: «Sin duda es un momento de mucha conmoción de sentimientos o sensaciones encontradas y hasta parecieran contradictorias. Gustavo, de algún modo, está volviendo a casa».
Recuerdo a la familia Torres con mucho cariño y agradecimiento. Cuando yo recién comenzaba a buscar testimonios para el libro «La vida por delante», el papá, la mamá y los hermanos de Gustavo lo recordaron cada uno de una manera especial y con inmenso amor.
Hoy, me gustaría recordarlo con algunos párrafos que me brindó la familia para el libro La vida por delante.
Carlos tenía 16 años y Gustavo, 14, cuando empezaron las volanteadas y la militancia estudiantil.
–Gustavo, dejate de joder con la pesca y ponete las pilas con la música y las acciones que tenemos que desarrollar en nuestros colegios.
–Vos sabés bien, Carlos, que me hago tiempo para todo.
–Sí, pero quiero darte un consejo: tratá de ser un poco menos bocón. Te ponés nervioso y no hay cómo hacerte callar.
–Es cuestión de temperamento; no puedo callarme ante lo que no me gusta.
–Tendrás toda la razón del mundo, pero tu carácter te puede traer problemas.
–No te preocupes.
–Mirá, Gustavo, yo no quisiera estar en tus zapatos.
Esta frase, era muy común que Carlos se la dijera a Gustavo; ante algunas situaciones embarazosas para Gustavo, su hermano le repetía: No quisiera estar en tus zapatos.
Claudio era el mas chico de los hermanos, tenía 14 años; iba al Belgrano igual que Gustavo. Y Carlos, de 18, era alumno del Monserrat. Cuando lo secuestraron, Gustavo tenía 16 años.
Claudio, a partir de ese día, dejó el Belgrano, no pudo seguir yendo: no tenía fuerzas para entrar en el colegio al que había ido su hermano; cada rincón le traía un recuerdo; la rampa por la que tantas veces había bajado y subido Gustavo al grito de asamblea general; la pileta olímpica en la que su hermano se entrenaba por las mañanas; la cantina donde se juntaban para guitarrear, jugar y discutir… eran recuerdos demasiado fuertes y cercanos. La atmósfera que se respiraba ahora lo atormentaba y no pudo soportar entrar más en el colegio.
Gustavo Torres fue uno más de los tantos miles que asistieron al entierro de Tosco; fue uno más de los muchos alumnos del Belgrano que fueron a darle el adiós al que consideraban uno de los más grandes y honestos sindicalistas de Córdoba y del país.
En el entierro del gremialista, la Policía detuvo, entre tantos otros, a unas chicas que habían acompañado a Gustavo.
–¿A ustedes quién las invitó a este entierro?
–Gustavo Torres.
–¿Dónde vive ese tipo?
No bien supieron la dirección, los interrogadores se dirigieron hacia el hogar de los Torres.
–Nuestro hijo no está en casa.
Revisaron toda la vivienda, pero principalmente la mesita de luz de Gustavo. Encontraron soldaditos de plomo y autitos de carrera. No ubicaron nada de lo que creían que podían encontrar y se fueron.
Pero los padres ya comenzaron a tener miedo de que a Gustavo le pasara algo. Lo mandaron a la casa de los abuelos, a Venado Tuerto. Cuando comenzaron las clases del año ’76, sus padres no quisieron que se integrara al Belgrano por todo lo que sabían que estaba sucediendo en el colegio.
De nuevo partió para Venado Tuerto, Adelina y Carlos querían que su hijo estuviera afuera un tiempo. Gustavo aprovechó para pescar y ocuparse de sus pasiones.
Cuando creyeron que había pasado lo peor, decidió volver. La mamá le preparó su torta preferida y lo esperaron todos para festejar el reencuentro.
Ese mismo día, 11 de mayo de 1976, a la cuatro de la mañana, golpearon la puerta con violencia.
–¡La Policía! ¡Abran la puerta si no quieren que la tiremos abajo!
Entraron en la casa con armas largas y pistolas nueve milímetros. Primero ingresaron en el dormitorio del matrimonio Torres y después en el de los tres hermanos.
–¡Se ponen todos boca abajo!
Revisaron todo lo que encontraron a su paso. Rompieron el velador de la pieza de los chicos, por lo cual hicieron las cosas medio a oscuras. Había un baúl antiguo y grande en el dormitorio de los hermanos, como no tenía luz, lo llevaron al baño y se llevaron un montón de cosas del baúl que había sido de los abuelos de los chicos. Rieles y cañas de pescar de Gustavo formaron parte del botín de los secuestradores.
A su paso, también robaron todo el dinero que encontraron, mientras comían la torta que Adelina había preparado para esperarlo a su hijo.
Los que apuntaban a los padres de Gustavo y les decían que se taparan la cara se tuvieron que enfrentar con Adelina.
–¡No me taparé la cara! ¡Quiero mirar de frente al diablo! ¡Eso es lo que son ustedes! ¡Y esta es la oportunidad de ver al diablo!
No pudieron con ella, no paraba de gritarles y la dejaron.
Después del arrasar con lo que encontraban a su paso, se fueron.
Adelina gritó desde su habitación: ¿Están bien los tres?
–Sí, estamos bien, mamá.
Pero cuando lograron encender alguna luz, faltaba uno de sus hijos.
–¿Dónde está Gustavo?
Carlos alcanzó a decir: Sentí unos pasos, como de alguien que estaba descalzo. Uno de los energúmenos volvió y escuché que levantaban algo, creo que las zapatillas.
Adelina les había comprado unas Flecha, color rojo para Gustavo y azul para Carlos. Calzaban el mismo número, pero Gustavo decía que con las rojas lo divisaban desde lejos, entonces le pedía a Carlos que le prestara las suyas. Carlos le respondía: No, porque no quisiera estar en tus zapatos.
Esa madrugada, los secuestradores levantaron, por equivocación, las zapatillas de Carlos. «Ahora sí, quisiera estar en tu lugar, Gustavo. Ahora sí, quisiera estar en tus zapatos».
Foto de la familia: Gustavo es el de la derecha.





