El 22 de mayo de 1976 quedó grabado a fuego en la memoria del deporte argentino. Fue una jornada que condensó, en cuestión de horas, dos extremos emocionales que pocas veces convivieron de manera tan brutal: mientras el país todavía no sabía que había perdido a uno de sus máximos ídolos, Oscar “Ringo” Bonavena, al otro lado del mundo otro argentino escribía una página de gloria. Víctor Galíndez defendía con éxito su título mundial en Sudáfrica, sin imaginar que su amigo acababa de ser asesinado en Estados Unidos.
La muerte de Bonavena en Reno, Nevada, conmocionó al mundo del deporte. El carismático peso pesado, símbolo de una época por su personalidad irreverente y su enorme popularidad, fue asesinado de un disparo a los 33 años en circunstancias que todavía alimentan historias y mitos. Su figura trascendía el ring: Ringo era pueblo, era espectáculo, era una de las caras más reconocidas del deporte argentino.
A miles de kilómetros de allí, en Johannesburgo, Víctor Galíndez protagonizaba una de las peleas más recordadas de su carrera. El campeón mediopesado retenía su corona mundial tras derrotar al estadounidense Richie Kates en un combate épico. Lo que parecía una noche de celebración terminó envuelta en dolor cuando, una vez bajado del ring, recibió la noticia de la muerte de Bonavena.
Desde entonces, aquel 22 de mayo quedó en la historia como un día único: el mismo en que el boxeo argentino perdió a un mito y confirmó a otro campeón eterno.





