Por Zito Fuentes. Después de una mamúa que me agarré el viernes por la noche en lo de mi amigo “Gasti”, me desperté con un grito seco de Carencia de Fuentes, mi amada esposa. Los epítetos que me profirió son de dudoso origen lingüístico: ¿griego? ¿sánscrito? ¿hebreo?. No, no, no. Se trataría (digo en condicional de estilo francés que prefiere el periodismo choto) de un cordobés básico aflautado por la voz de Carencia con una leve reminiscencia al idioma que se habla en los arrabales de la docta.

A pesar del susto que me dí, no pude dejar de pensar -con cierto orgullo- en la especial y efectiva manera que tiene mi mujer de pegar dos gritos y tenerme a mí parado, mirando un punto fijo, peinado a lo lamida de vaca y presto a salir a la calle para hacer cualquier mandado.

Y en tres minutos y medio estuve en la calle, con la bolsa de las compras (porque somos monos ecológicos) y la lista de los enseres que debía traer. Pero no hubo caso, me desvié.

Los ví desde atrás: llevaban gorras, vestimenta monocorde y en las manos, un ejemplar de la biblia avilesista con el sello de Gestión Comunitaria. Con barba cuidada al detalle, apenas se dio vuelta para mirarme me di cuenta a media cuadra de distancia de que se trataba del ex SúperEdil, el héroe de las votaciones oficialistas en los ocho años de gobierno de Estebanísimo.

Estaba acompañado de su secuaz, su Robin, su agringado e inseparable lugarteniente.

– ¿Qué pasa, Zito, te olvidaste de mí?; me espetó el superhéroe de las causas oficiales.

-No me nombrás más, no me visitás más; insistió, blandiendo en sus manos el ejemplar del libro sagrado de Estebanísimo.

Tras ofrecerle mis disculpas y darles un fuerte apretón de manos a ambos, me preparé para lo que se venía. Y empezó el discurso y la invitación a la inauguración de la Isla Gómez Gesteira, una creación paralela al Puente del Centenario.

– Esta tarde inauguramos la isla con la estatua de nuestro nuevo líder, nuestra estrella de Belén, pero en Carlos Paz. Nuestro excelentísimo Pelado; me soltó SuperEdil mientras emprendía nuevamente la caminata ya iluminado por una luz de misticismo que me conmovió.

Como un nuevo fiel, lo seguí al estilo Forrest Gump y caminé detrás de mi nuevo profeta. Cuando nos fuimos acercando, la vimos: ahí estaba la Isla Gómez Gesteira, un montículo que el destino quiso dejar ahí como mero recuerdo de no sabemos qué pero igual se aprovecha. La confección de la escultura fue encargada a un artista premiado con el Carlos al Por las Dudas Se Enoje, del que no anoté el nombre y, por su puesto, lo olvidé.

Y ahí estaban subidos al pedestal de la fama el mismísimo Estebanísimo y mi amigo el Pelado Gómez Gesteira cortando la cinta del nuevo emblema de la comunidad. Se ensayaron cantos tales como: “No podemos caminar con picadas a 2000 pesos”, “Es hermoso ver cruzar el puente Centenario los pies (ardientes) del mensajero de la paz”, “Viene con Avilés, señor, cantando vienen con Avilés, señor, los que caminan con el Pela, señor, cantado su comunitaria gestión”.

Emocionado hasta el llanto, volví a casa frotándome los ojos con fuerza. Cuando Carencia me vio entrar con la bolsa de las compras vacía, no saben la cara que puso. Y soltó una nueva catarata de improperios que a mí, que venía envuelto de la gloria oficialista, me sonaron a un halago.