Roberto Martino es doctor en Geología, profesor de la UNC e investigador del Conicet. En diálogo con Carlos Paz Vivo! , en el segmento Una de Cal, analizó la dinámica del reciente terremoto en Venezuela, explicó el comportamiento de las fallas locales en la provincia de Córdoba y advirtió sobre la importancia de la educación y la construcción sismorresistente.
El doble terremoto en Venezuela conmovió al mundo entero por su nivel de destrucción y el drama humanitario que mantiene en vilo a la región, con cifras de víctimas aún indeterminadas y un despliegue internacional de rescatistas. Ante este escenario, surge la necesidad de comprender los procesos científicos detrás del movimiento de la tierra. Para profundizar en el tema, dialogamos con el doctor en geología Roberto Martino, profesor jubilado de la Universidad Nacional de Córdoba, investigador activo del Conicet y especialista en la estructura de las Sierras Pampianas.
— Doctor, partiendo de lo más básico, ¿de qué se trata este fenómeno de que se mueva la tierra?
— La Tierra es dinámica, todo el sistema lo es. Toda la litósfera, que es la capa más externa y rígida, está dividida en unas doce placas que interaccionan entre sí. Donde estas placas se acercan se generan relieves, volcanes y terremotos, que es justamente donde se disipa la energía de ese choque y deformación. Esto es constante en todo el mundo. Hay lugares particulares como el Cinturón de Fuego del Pacífico, que es una zona de subducción que rodea todo ese océano, o sistemas colisionales como el Himalaya y los Alpes. En el caso del Himalaya, es el choque de dos placas lo que produce una deformación de tipo elástica. Esa energía se libera cuando se producen roturas o fricciones directas, generando una onda sísmica que se propaga por lo sólido, llega a la superficie y se expande. Ese es el motivo de los sismos.
— ¿Lo que sucedió en Venezuela está relacionado con alguna de estas zonas críticas?
— Sí, tiene que ver con el límite sur de lo que se llama la placa del Caribe. Es como una lengua que va hacia el este, y la rama sur de esa lengua es toda la falla que está al norte de Venezuela. Esta estructura se combina con otra gran falla llamada sistema de Boconó, que va por la espina dorsal de los Andes de Mérida. En el punto donde se juntan ambas fallas se ubicaron los dos focos de estos sismos grandes, que fueron de magnitud 7.1 y 7.2, con muy poco tiempo de diferencia entre uno y otro. Es un límite de placa activo entre la placa Sudamericana y la placa del Caribe, por lo que es un lugar muy propenso a este tipo de fenómenos.
— En esa región los sismos son continuos, ¿cómo funcionan los tiempos en estos sistemas?
— Es una zona sísmica donde siempre hay registros de movimientos pequeños. Al cabo de muchos años, y dependiendo de lo que llamamos tiempos de recurrencia, suele haber un sismo grande o dos cada sesenta o cien años. Luego la actividad decae y vuelve a crecer paulatinamente hasta que ocurre otro evento de magnitud. Cada región del planeta tiene sus propias particularidades en este sentido.

Los casos en Argentina y los temblores en Córdoba
— Pensando en nuestro país, se recuerda históricamente el gran terremoto de San Juan, pero ¿cuál es la situación particular de Córdoba en materia sísmica?
— En el centro del país, San Juan y Mendoza son zonas muy sísmicas, con movimientos intensos y continuos. Córdoba está más alejada del foco principal. A esta altura de la región, tenemos la placa de Nazca, que es el fondo del océano Pacífico, hundiéndose debajo del continente sudamericano. Esa interacción genera los Andes y hace que Mendoza, San Juan y parte de La Rioja sean zonas muy activas. Sin embargo, existen franjas paralelas de deformación, y la última de ellas, que es la número cuatro, abarca casi la mitad de Córdoba. Nuestras sierras son consecuencia directa de ese mismo fenómeno. El edificio andino arranca prácticamente acá, en Paravachasca y la Sierra Chica, y llega hasta la fosa de Chile. Todo ese sistema se está deformando y produce sismos a lo largo de las fallas. Esos movimientos se van atenuando de oeste a este, y por eso en Córdoba tenemos focos sísmicos en distintos lugares, aunque con registros relativamente bajos.

— Justamente hace poco se registró un temblor en el norte de Punilla. ¿Qué características tienen esos sismos locales?
— Son movimientos en general bajos, que suelen oscilar entre uno, dos o tres grados, llegando a veces a cuatro, como el que ocurrió en la zona del noroeste de Capilla del Monte, puntualmente en la zona del río Copacabana. Toda esa región es uno de los nodos o racimos de sismos pequeños que llamamos clústeres. Son zonas que se están deformando de manera moderada. El último no produjo daños materiales, aunque sí fue sentido por gran parte de la población en el Valle de Punilla y en el norte cordobés.
— Desde su rol en la universidad y en el Conicet, ¿cuál es el eje concreto de las investigaciones que realizan actualmente?
— Fui profesor de geofísica general y de geología tectónica, disciplinas íntimamente relacionadas con estos temas. Aunque estoy jubilado de la universidad, sigo investigando en el Conicet dentro del equipo del Cecterra. Trabajamos específicamente en la geología de las Sierras Pampianas de Córdoba, estudiando fallas, pliegues, deformaciones de la corteza y el análisis de las rocas. Comparto esta labor con una colega de Alta Gracia, la doctora Nina Guereschi, y actualmente dirigimos a tres personas que están realizando sus tesis doctorales, además de un trabajo final de grado para la carrera de geología. Las tesis doctorales son proyectos a largo plazo, de cuatro o cinco años, enfocados en temas muy específicos donde los profesionales desarrollan su especialidad para transformarse en expertos.
— Con ese panorama, ¿es probable que en Córdoba suframos alguna vez un sismo de mayor magnitud, aunque no llegue a los niveles de Venezuela?
— Sí, de hecho han existido sismos históricos importantes, como el de Sampacho en el año 1944 o el de Villa Giardino en 1955, que fueron intensos y liberaron una energía considerable. De todos modos, en Córdoba los clústeres mantienen una sismicidad casi continua a lo largo del año, registrando a veces centenares de pequeños sismos anuales. Esto es sumamente interesante desde el punto de vista geológico porque significa que la energía elástica se está liberando de manera lenta y gradual. Cuando una falla activa muestra este comportamiento, el panorama es promisorio porque la energía no se acumula. El verdadero peligro aparece cuando un sistema de fallas activas entra en un periodo de silencio sísmico o laguna de sismos. Esos lugares son los que se deben vigilar de cerca, ya que indican que en cualquier momento puede ocurrir una liberación brusca de energía que se traduzca en un terremoto.
Predecir sismos, ¿se puede?
— Con los avances científicos actuales, ¿en qué estado se encuentra la tecnología para predecir o anticipar un desastre como el de Venezuela?
— En todo el mundo se trabaja con las últimas técnicas disponibles, que son desarrollos muy costosos y promisorios. Un ejemplo es la medición de la microgravedad, una tecnología que están impulsando fuertemente los científicos en China. El principio se basa en que la roca, al comprimirse o extenderse, cambia su volumen y por ende modifica su densidad, algo que puede detectarse con gravímetros de alta precisión. Por otra parte, se ha estudiado mucho el comportamiento de los animales, quienes poseen una sensibilidad especial para percibir los infrasonidos derivados de las ondas sísmicas que los humanos no escuchamos. Es común ver en las sierras que los caballos o los loros reaccionan volando o alterándose al sentir la vibración en las raíces de los árboles. El inconveniente es que todos estos indicadores biológicos ocurren en un lapso de tiempo muy corto, prácticamente en el mismo instante en que el sismo ya se está desencadenando, por lo cual no otorgan un margen de previsión útil para la evacuación anticipada.

— Si la predicción a largo plazo sigue siendo compleja, ¿dónde debe centrarse la prevención urbana?
— La clave está en los protocolos de emergencia destinados a la población, ya sea que vivan en ciudades, en zonas rurales, o se encuentren en escuelas e instituciones. Existen pautas claras sobre cómo actuar cuando comienza el temblor, identificando los lugares de los edificios que cuentan con mayor estabilidad estructural para refugiarse rápidamente. En los colegios, por ejemplo, la instrucción inmediata es resguardarse debajo de las mesas. Este tipo de preparación debe formar parte activa de la educación obligatoria en escuelas y universidades, y es fundamental que tanto los municipios como el gobierno provincial y nacional sostengan estas campañas de manera permanente en el tiempo. Cuando la sociedad sabe exactamente qué hacer ante un temblor disminuye el pánico, lo que se traduce en una mayor autoprotección. En Chile existe una cultura muy fuerte y consolidada en este aspecto. En Argentina contamos con herramientas, pero considero que es necesario intensificar la capacitación y volverla obligatoria en el sistema educativo.
— Además de la educación popular, ¿cómo responden las estructuras edilicias actuales frente a estas exigencias?
— Las construcciones civiles se diseñan bajo estrictas normas sismorresistentes, las cuales se aplican en función de un mapa de peligrosidad sísmica que divide al territorio. El Instituto Nacional de Prevención Sísmica establece protocolos de construcción específicos que los arquitectos e ingenieros civiles conocen perfectamente para aplicar en casas y edificios. Es importante aclarar el término: los edificios son sismorresistentes, no antisísmicos. Esto significa que están calculados para resistir la energía de un sismo vibrando, tal vez fisurándose o sufriendo daños parciales en su estructura, pero evitando el colapso total. El objetivo primordial de la ingeniería estructural es que la construcción pueda romperse sin desplomarse ni aplastar a sus ocupantes, preservando siempre la vida de las personas.





