La ambiciosa puesta de Calixto Bieito en el Teatro San Martín impacta por su despliegue visual, pero encuentra su verdadero corazón en la descomunal e hipnótica actuación de su protagonista.
Por [Tu Nombre/Redacción]
«La conciencia es un invento de los débiles». La lapidaria frase de Ricardo III resuena en la sala Martín Coronado del Teatro San Martín, recordándonos por qué el clásico que William Shakespeare escribió a fines del siglo XVI se niega a envejecer.
En esta oportunidad, la obra regresa a la cartelera cordobesa bajo la dirección del prestigioso director español Calixto Bieito —a quien el propio Joaquín Furriel fue a buscar para repetir la exitosa dupla que armaron en 2010 con La vida es sueño—, la propuesta promete desbocarse hacia el exceso, el grotesco y la grandilocuencia visual.
Un arranque arqueológico que se diluye en la forma
El punto de partida de esta versión es brillante: se inspira en el hallazgo real, en 2012, de los restos del monarca inglés bajo una playa de estacionamiento en Leicester. Sin embargo, ese disparador arqueológico y la obsesión de los fanáticos «ricardistas» se desvanece rápido.
La imponente escenografía de Barbora Haráková Joly —que incluye estructuras metálicas y hasta un auto colgado desde el techo— regala postales impactantes, pero por momentos se siente vacía. El despliegue visual parece estar más al servicio del impacto inmediato que de un marco dramático que contenga la historia.
Furriel: entre el caballero y la bestia
Es ahí, en la soledad de un escenario monumental, donde Joaquín Furriel se agiganta y se convierte en el verdadero motor del espectáculo. Su Ricardo III es un despliegue de puro talento actoral:
El Grotesco: Furriel transita con naturalidad entre lo trágico y lo cómico. Puede aparecer con un bonete de cumpleaños y un silbato, e inmediatamente después helarte la sangre jactándose de su crueldad.
Los Matices: Su personaje es un caballero seductor y, a la vez, un animal salvaje; se muestra grandilocuente pero se infantiliza; no tiene piedad, pero tiembla de miedo.
El actor domina el espacio físico, juega con el lenguaje, clava la mirada en la platea e interactúa con el público, logrando una complicidad tan incómoda como magnética.
Tótems en la tormenta
El resto del elenco es un seleccionado de grandes nombres: Luis Ziembrowski, Ingrid Pelicori, Belén Blanco, María Figueras, Marcos Montes, Luciano Suardi, Iván Moschner, Luis Herrera y Silvina Sabater. Todos regalan actuaciones sólidas, pero se chocan contra una decisión de dirección: la puesta de Bieito no trabaja los vínculos entre ellos.
Los personajes operan casi como las «supermarionetas» de Gordon Craig; conceptos vivientes que priorizan el movimiento y la idea por sobre el mundo sensible. Esta obsesión formal de la dirección le quita organicidad al trabajo colectivo, dejando a los actores defendiendo sus posiciones en una inevitable soledad escénica.
El espejo del horror
Hacia el desenlace, la obra recupera su vuelo más alto. La bestia sale a la luz y queda claro que este déspota, deforme y vengativo, no actúa solo. La puesta nos devuelve un reflejo incómodo: el de una sociedad dispuesta a dejarse manipular, a transformarse en cómplice y a acompañar la violencia de un líder con tal de saciar su propio ánimo de revancha.
Con sus desajustes y su gigantismo, este Ricardo III vale la pena, fundamentalmente, porque ver a Joaquín Furriel devorarse el escenario es un espectáculo que ningún amante del buen teatro debería perderse.
Ficha Técnica
Autor: William Shakespeare
Dirección: Calixto Bieito
Elenco: Joaquín Furriel, Luis Ziembrowski, Ingrid Pelicori, Belén Blanco, entre otros.
Duración: 100 minutos





