La Albiceleste ganó el partido de cuartos de final de la Copa del Mundo -sin ser su mejor presentación futbolística- ante un aguerrido elenco suizo que, con uno menos, durante una hora de partido, puso un elevado precio a su derrota.

En la previa a este encuentro, el análisis más acertado sobre los partidos de la Selección en este mundial coincidían en que el equipo ganó por destacadas actuaciones individuales (salvo contra Egipto) y, en sintonía a lo expuesto, logró destrabar el choque ante Suiza gracias al gol del futbolista multifunción cordobés. Sí, ese gol que destraba la puerta de las mil cerraduras; como el de Messi contra México en Qatar.

Julián dejó clarísimo que la lesión que lo acompañó hasta el inicio de la competencia ya quedó atrás y tiene un hambre de demostrar todo su potencial que asusta. ¿Alguien puede parar y ponerse a pensar en el sufrimiento de los defensores cada vez que paran la pelota y Álvarez, cual Spiderman sosteniéndose de postes imaginarios, viene de frente a toda velocidad? O peor aún, repiquetea con sus ocho estremidades desde atrás, picándoles el cerebro.

Suiza era otro escollo. Un equipo, a diferencia de -salvo momentos- los otros cinco rivales anteriores que debió enfrentar la Scaloneta (o ya quedó viejo ese apodo?). Trepó ese escalón con el empujón de la mística pero ahora, justamente, es cuando el Mundial pasa a ser momentos, sensaciones, acciones que se salen, desfachatadas, del guión que escribe la lógica.

Y si el miércoles el equipo no muestra cohesión tengo que decirles, compatriotas, mal que me pese: ¡Ojo! Porque Inglaterra nos puede ganar. Aunque también a ellos le costó bastante poder sobrepasar a Noruega.

Así es el fútbol, todo en su justa medida bidimensional, la mitad celebra mientras, la otra, llora. Confiemos en las señales que, como las de 2022, ya aparecen y empujemos todos juntos para ser parte de esa primera fracción.