Hay una Villa Carlos Paz que no se difunde en los folletos turísticos ni en las redes oficiales.
Es la ciudad que aparece después de cada lluvia más o menos intensa, cuando el agua se retira y deja al desnudo las venas abiertas de los barrios periféricos. Es la postal del barro, la desidia y la justicia por mano propia o mejor dicho, por propia pala.
Mientras el centro intenta sostener su fachada, la realidad se vuelve espesa y marrón a pocas cuadras. Sin embargo, el problema no es exclusivo de los barrios.
Ríos de asfalto en el centro
Incluso las arterias principales, aquellas que deberían ser el orgullo de la infraestructura local, colapsan ante el primer chaparrón. La Avenida San Martín se convierte, por momentos, en un río caudaloso que corta la ciudad en partes.
Hay calles que se anegan de tal forma que se vuelven intransitables para peatones y vehículos por igual. Lo que debería ser una vía de circulación fluida se transforma en una trampa de agua, la falta de inversión en desagües pluviales es una deuda que afecta a toda la planta urbana.
El muro del 147
Para el vecino de a pie, el sistema de reclamos 147 se ha convertido en un laberinto sin salida. Según el reporte de los habitantes de los barrios más afectados, el mecanismo es siempre el mismo: “Los reclamos se inician al número, se llama al menos 4 o5 veces y no se resuelven”.
La frustración escala cuando la burocracia digital choca con la realidad del terreno. Una vecina fue contundente al explicar la trampa del sistema: “¿Cómo se resuelven muchas veces las situaciones? Te dicen que ya están cerrados los reclamos como si hubieran sido resueltos. Una locura. Mientras en un monitor el reclamo figura como “Cerrado”, en el barrio la zanja sigue abierta, impidiendo que el auto salga de la cochera o que la ambulancia pueda ingresar”.
Los vecinos que empuñan la pala
Ante esta inacción que algunos sienten como abandono, ha surgido una postal tan digna como triste: vecinos de Villa del Lago arreglando con sus propias manos y palas las calles tras las tormentas en las zonas donde el asfalto es todavía un sueño lejano. No lo hacen por deporte, lo hacen para poder, simplemente, seguir con sus vidas.
“Se volvió común, ya. Pero no podemos seguir naturalizando esta inoperancia”, manifiesta un vecino que, pala en mano, intenta ganarle terreno al lodo para que sus hijas puedan ir a la escuela y a trabajar, sin hundirse hasta las rodillas.
Por otro lado, Damián aseguró: ” Se cierran tickets en una oficina pero se olvida de que, afuera, el agua y el barro siguen ahí. El 147 no puede ser un agujero negro donde mueren los pedidos de la gente; la inoperancia no se puede tapar con un “click” mientras la avenida se inunda y el vecino de barrio sigue empuñando la pala”.
Damián inició sus reclamos al 147 en diciembre del 2025 y la calle permanece intransitable. “Es el único lugar por el cual puedo salir a trabajar”, concluyó el hombre.







