Por Sergio Chalub. Los habitantes de Singapur saben que las acciones individuales pueden afectar a los demás.
Si la ética individual tiene un papel importante en la convivencia, en Singapur existen normas muy rigurosas (inimaginables en algún país al sur de América).
En algunos parques, hay prohibiciones de actividades como andar en bicicleta, patinar y montar barriletes.
Tirar una colilla de cigarrillo en la calle también está penado con una multa en dinero de unos 240 dólares estadounidenses; si el infractor es reincidente, se le aplica una “Orden de Trabajo Correctivo”, limpiando áreas públicas con un chaleco fluorescente.
De hecho, Singapur es conocida como “Ciudad Jardín” y “Ciudad de las Multas”.
Está estrictamente prohibido alimentar a las palomas (multa de unos 390 dólares estadounidenses). Por cierto, recoger los desechos de las mascotas es obligatorio.
Por razones de limpieza, mantenimiento y vandalismo, en Singapur está prohibido importar o comer chicles.
El singapurense tiene una suerte de fijación con los espacios verdes. Es común que funcionarios se dediquen a la poda de arbustos y árboles en los parques.
“Somos aburridos y nunca tendremos la misma oferta que Nueva York y París, pero, al mismo tiempo, somos estables, somos predecibles”. djio el primer ministro, Lawrence Wong.
En Singapur, existe un Fondo de Lugares Animados, que otorga hasta 16 mil dólares para “activar y crear espacios públicos más interesantes y divertidos en el vecindario”.
La temperatura diaria en promedio es de unos 30 grados todo el año, de ahí que los singapurenses valoren la sombra, natural o artificial.
Se estima que en Singapur hay unos 200 kilómetros de veredas cubiertas para proteger a los transeúntes del sol y de la lluvia (la envidia de Capilla del Monte…).







