Por Sergio Chalub. La prensa de habla inglesa lo llama “delincuente sexual”.

El financista Jeffrey Epstein se quitó la vida el 10 de agosto de 2019, antes del juicio en su contra por tráfico sexual y corrupción de menores.

El “depredador”, como se lo conocía, nació en Nueva York.

Enseñó matemáticas y física en un colegio privado. Al tiempo, cambió la educación por las finanzas: gestionaba activos de clientes con un valor superior a los 1.000 millones de dólares.

Las mujeres eran reclutadas a través de concursos y revistas de moda, y agentes en otras partes del mundo dedicados a la selección de las víctimas.

Epstein tuvo una cómplice. Ghislaine Maxwell, hija de un poderoso empresario de medios de comunicación, atraía y traficaba con chicas menores de edad.

Una vez alojadas en la isla de Little St. James (propiedad del proxeneta), las mujeres no tenían escapatoria salvo por barco o avión.

Actualmente, Ghislaine Maxwell está condenada por prostitución infantil y tráfico de menores.

Las fiestas de Epstein atrajeron a personajes como Donald Trump, Elon Musk, Bill Clinton; Michael Jackson, Bill Gates.

En noviembre de 2012, Musk preguntó en un correo a Epstein: “¿Qué día/noche será la fiesta más salvaje en tu isla?”.

En 2003, donó 30 millones de dólares a la Universidad de Harvard.

La prestigiosa casa de estudios lleva su nombre en memoria de John Harvard, un clérigo puritano, primer benefactor de la universidad; el costo estimado de estudiar hoy en Harvard es de unos 126,650 dólares.

No obstante el costado benéfico del financista, “lo que ves no es lo que hay”, dijo Rosa Monckton, ex directora ejecutiva de la exclusiva joyería Tiffany & Co al definir resumidamente a Jeffrey Epstein.