Tras 28 años de funcionamiento, el espacio dejó de recibir personas para pernoctar y de entregar viandas. En su última velada, quienes pernoctaron en la vivienda de avenida Cárcano 224, voluntarios y coordinadores compartieron sus experiencias.

El domingo, mientras Villa Carlos Paz transitaba un fin de semana largo con bastante movimiento, el Refugio Cura Brochero atravesaba su última velada en funcionamiento.

Así había sido anunciado una semana antes, durante el abrazo que se realizó en el predio, en el que no participó mucha gente. La renovación del contrato de alquiler hizo que los costos treparan hasta una cifra difícil de cubrir con el subsidio municipal fijado desde principios de año. El alquiler se fue de 650 mil pesos a 1 millón, un monto acorde a las dimensiones que tiene la propiedad.

Ese subsidio había sido fijado en 1.200.000 pesos a principios de año y alcanzó para alquiler y servicios hasta junio. Después, con la renovación del contrato ya no fue suficiente. Tampoco se llega a cubrir con el aporte de la comunidad religiosa que siempre respaldó esta institución y que ronda los 450 mil pesos.

Por eso, los coordinadores se vieron en la necesidad de ponerle fecha de cierre al albergue que funcionó por 28 años: la última noche sería la del domingo 16 de agosto.

Este lunes a las 8 de la mañana, luego del desayuno, ya no recibirán a nadie más.

Llegamos al lugar el mismo domingo 16 a las 20 horas junto a Luis Tórtolo cámara en mano con una premisa sencilla: estar presentes, escuchar y registrar lo que ocurría. Sin consignas ni opiniones anticipadas. Mucho habíamos leído en las redes, posturas encontradas que no es necesario volver a consignar en esta nota. La intención era cronicar cómo se vivió esa noche. Al menos cuál era el clima que se vivía.

La última noche

El Refugio transitó varias crisis y cierres transitorios. Pero esta vez, parece que no hay opciones para seguir sosteniendo su funcionamiento, brindando alojamiento nocturno, comida, ropa, higiene y asistencia a personas que atraviesan distintas situaciones de vulnerabilidad.

En la noche del domingo, 14 personas permanecían alojadas. Había otras que deambulaban y tocaban timbre consultando si tenían alguna vianda para llevar o si les quedaba alguna cama vacía. Pero los cocineros ya no estaban y la resolución de no aceptar más personas para pernoctar ya estaba tomada.

En la puerta nos recibe Susana Vera, integrante de la asociación civil que coordina el espacio.

Adentro de la vivienda la temperatura es agradable y contrasta con el frío húmedo de la noche que empieza a caer.

El aroma a un guiso que se cocina despacio va colmando cada ambiente. Afuera se escuchan los gritos de unos muchachos a lo que ya no se les permite ingresar. Se sientan en la pirca que da al comercio vecino y esperan.

Susana nos confirma lo que ocurrirá luego de que las personas alojadas abandonen el inmueble este lunes. Los voluntarios y los encargados comenzarán el largo proceso de desarmado y acondicionamiento de la casa para su entrega, prevista para el 31 de agosto.

En el living que funciona como oficina también hay un ropero con ropa de abrigo para todas las edades cuidadosamente doblada y calzado, muchas zapatillas de distintos tamaños. Susana nos cuenta que todo lo donado se repartirá entre los que lo necesitan.

Nos pide que informemos a la gente que no deje más cartones ni telgopor. Y nos explica que el último camión con lo donado se llevará lo último que queda en la vivienda esta semana.

Por lo bajo nos dice resignada que el reciclado dejó de ser rentable en la actualidad: irónicamente la apertura de las importaciones hizo que sea más barato la compra del cartón y el tergopol desde el exterior. Ya no les deja el dinero que les permitía cubrir algunos gastos diarios. Ahora es poco lo que pueden comprar con la venta de material para reciclado.

«La pobreza no desaparece con el refugio«

Susana nos hace pasar a la cocina donde están Isabela y Jorge, que trabajan como voluntarios del Refugio. Mientras van revolviendo el guiso y preparando los platos y cubiertos, nos hablan de los vínculos construidos durante ese tiempo y de una tarea que, según explicaron, excede la entrega de un plato de comida y el armado de la cama.

Jorge se muestra orgulloso del trabajo de voluntariado y aún no pierde las esperanzas. No cree que sea la última noche. Mantiene la fe de que el albergue continúe funcionando, quizás más adelante o en otro lugar, o de otra forma. Pero subraya: «Si es la última noche, vamos a dar todo».

Isabela estudia Psicología y cuenta que el refugio funcionaba también como espacio de encuentro y asistencia. En determinados días podían prepararse entre 50 y 60 raciones para quienes se alojaban y para personas que llegaban desde distintos puntos. Pero la tarea más importante era la contención, la escucha. «La pobreza no desaparece con el refugio», advierte con cierta bronca.

Ahora comienza otra etapa: clasificar ropa, camas, colchones y demás elementos, definir el destino de las donaciones y acondicionar el inmueble.

Vulnerables y discriminados

En el gran comedor con tablones dispuestos en el medio hay 14 personas que esperan sin brillo en los ojos. Isabela se acerca y consulta: ¿alguien quiere hablar con los periodistas sobre esta última velada? Hay incomodidad y desconfianza.

El que se acerca hasta la puerta de la cocina es Ezequiel, llegado desde La Plata en diciembre pasado. Empieza a hablar pausado y no encuentra un punto. Cuestiona la mirada que muchas veces existe sobre quienes viven en la calle.

“Ninguno de nosotros quiere estar en un Refugio”, afirma. Cuenta que en alguna oportunidad casi terminó detenido por revolver la basura en busca de algo para comer. Por eso hace un pedido concreto a restaurantes y hoteles: que, cuando desechan comida, puedan entregarla en cajas o recipientes, como hacen algunas pizzerías. “Sería más digno para nosotros”, plantea.

Ezequiel también cuenta que algunas personas les permiten hacer changas, pero que no siempre encuentran la misma respuesta. “Hay gente que nos ayuda y otra que nos mira con resentimiento”, relata.

Y pide disculpas a vecinos y comerciantes por las situaciones que puedan generar quienes viven en la calle. No habla desde el enfrentamiento, sino desde una posición incómoda: “No queremos estar así”, insiste.

Admite que entre quienes vienen hay gente buena y otra que no lo es tanto; que muchos vienen con algún problema de salud mental o con alguna adicción a la droga, como es su caso, pero que todos ellos encontraron en el albergue mucho más que comida y cama: «Nos brindan amor y comprensión.”

Maricel: de voluntaria a alojada

Maricel Ramos conoce el refugio desde los dos lados. Durante un tiempo llegó para cocinar y colaborar con quienes necesitaban asistencia. Hoy es ella quien necesita ese lugar. Cuenta que lleva años atravesando una situación de calle y que, pese a haber intentado avanzar con distintos proyectos, la falta de un techo termina condicionando todo.

“Yo quedo en la calle. No tengo adónde ir”, dice cuando piensa en el día después del cierre. También habla de uno de sus proyectos: enseñar Braille en algún CPC. Pero enseguida aparece la dificultad concreta. “Sin techo no puedo dar nada”, explica.

Su historia tiene esa particularidad: alguna vez estuvo del otro lado de la mesa, ayudando a quienes llegaban al Refugio. Ahora es una de las personas que debe buscar dónde pasar la noche.

Cuenta que necesita asistencia psicológica y cuando se le pregunta qué van a hacer ahora que el refugio Cura Brochero cierra y contesta con angustia: «Qué buena pregunta». Aún no tiene la respuesta.

«Eternamente agradecido«

Marcelo tiene casi 70 años y cobra una jubilación mínima. Hace alrededor de una década atravesó un cáncer y recuerda especialmente la ayuda que recibió desde el Refugio para poder acceder a un tratamiento.

“Estoy eternamente agradecido”, dice. Pero esa ayuda no resuelve el problema que aparece ahora. Su jubilación no alcanza para pagar un alquiler y no tiene otro lugar donde ir.

“Vuelvo a la calle. No me queda otra. No tengo dónde ir”, cuenta. Marcelo sabe que el cierre implica volver a una situación que ya conoce. “No alcanza realmente”, resume. Y enseguida piensa en los demás alojados: “Me da pena por todos estos chicos que también se van a quedar en la calle”.

Susana se ofrece a acompañarnos a la puerta mientras Isabel y Jorge empiezan a servir el guiso. Es la señal para que nos despidamos. Ezequiel sigue conmovido, pero Jorge nos comenta: «Esto puede llegar a ser una despedida o una pausa para volver a empezar más adelante. A mí nunca me digas ´Adiós´, siempre decime ´Hasta siempre´».

Violencia y marginalidad

Es lunes a la tarde. Pasó la última noche y la información llega casi de casualidad. Desde el Refugio Cura Brochero lo confirman. La violencia disfrazada de marginalidad volvió a colarse en la última noche y la consulta de una lectora por la presencia policial durante la madrugada nos sorprende.

Todo es confusión salvo el resultado de una brutal agresión hacia uno de los alojados en el albergue nocturno. Es Ezequiel, a quien entrevistamos en la noche del domingo. La información es confusa: preguntaron por él, hubo una discusión en la calle que escaló hacia una pelea violenta con piedrazos y detenidos. El joven platense está por estas horas con costillas quebradas y traumatismo de cráneo alojado en el Hospital municipal.

La carga emocional del cierre del Refugio se mezcla con la violencia e inseguridad. La pregunta que sobrevuela es si el cierre de este albergue dará punto final a esta situación o la exacerbará. Otra pregunta que tampoco tiene, al menos por ahora, respuesta.