La posible derogación de la Ley del Precio Fijo del Libro ha generado una profunda preocupación en el sector cultural, donde los libreros de Carlos Paz defienden su oficio no como un simple eslabón comercial, sino como un pilar de la identidad comunitaria.
Roberto, de la librería Había Una Vez, observa con pragmatismo que la competencia ya es una realidad cotidiana a través de consultas digitales, pero es tajante al definir el rol de su negocio: «Una pequeña librería no puede ni debe competir por precio. Compite con su atención, con libros bien cuidados, que no estén ajados o doblados o manchados».
Para el librero, existe una distinción clara entre el consumo masivo y la experiencia de una librería de barrio, señalando que «un bestseller es un producto estandarizado». Ante la amenaza de que las grandes superficies utilicen su volumen para bajar precios, Roberto sostiene que el valor de los independientes permanece intacto porque «la calidez humana y la variedad siempre fueron el único capital de una librería pequeña» y concluye con firmeza que, en este escenario, «los otros —grandes cadenas, supermercados— tendrán volumen y nosotros calidad».
No es sólo un tema económico
Por su parte, María Eugenia Novarese, de la Librería Siglo XXI, advierte que esta discusión trasciende lo económico para tocar la esencia misma de la cultura nacional.
Según su visión, el libro es un objeto sagrado en la construcción de ciudadanía y afirma que «quienes tenemos una librería independiente sabemos que un libro no es una mercancía cualquiera. Es una herramienta de pensamiento, de educación, de memoria, de imaginación y de encuentro».
Novarese defiende la normativa vigente como un escudo contra la homogeneización cultural, explicando que «la Ley del Precio Fijo del Libro nunca fue un privilegio para los libreros: fue una política cultural destinada a garantizar que los libros pudieran llegar a cada rincón del país y que existiera una verdadera diversidad de voces».
El conflicto en la cultura
El corazón del conflicto radica en la función social que cumplen estos espacios, la cual, según ambos testimonios, es irreemplazable por cualquier lógica de mercado. Novarese enfatiza que una librería de barrio «recomienda lecturas, acompaña a los lectores, descubre autores nuevos, organiza encuentros, genera comunidad y sostiene un vínculo humano que ningún algoritmo puede reemplazar».
La preocupación final de los libreros locales es el impacto a largo plazo de una desregulación que priorice únicamente el costo sobre el contenido.
Como sentencia María Eugenia, el riesgo de permitir que el mercado decida qué sobrevive es el silencio de la pluralidad: «Cuando cierra una librería no desaparece solamente un comercio. Se apaga un espacio de conversación, de descubrimiento y de encuentro. Y eso, una vez perdido, es mucho más difícil de recuperar que cualquier diferencia de precio».





