Federico Berón reparte sus horas entre las aulas y las salas velatorias. Se formó con Daniel Caruncho, el máximo referente del país, y explica por qué su oficio, lejos de dar miedo, es un acto de amor y respeto por las familias en duelo.

Para la mayoría, la muerte es un tabú, un límite que genera temor. Para Federico Berón (38), es una curiosidad que lo acompaña desde que tiene memoria. “De muy chico siempre tuve algo con la muerte, una intriga. No es que me guste, pero siempre sentí atracción por la preparación de los cuerpos”, confiesa este cordobés que hoy vive una doble vida profesional: es profesor de Educación Especial de día y tanatopráctico por vocación.

Su registro más temprano se remonta a los 11 años, cuando murió su abuelo. Mientras otros niños sentían miedo, Federico sentía interés. Aunque trabajó años en escuelas y fundaciones dedicadas a la discapacidad intelectual, sentía que algo le faltaba. “El trabajo ya no me llenaba y empecé a googlear”, cuenta. Así llegó a Daniel Caruncho, una eminencia en el mundo del embalsamamiento (famoso por haber preparado los restos de presidentes argentinos).

Formarse con los mejores

Tras contactarlo en 2024, Federico logró finalmente capacitarse con Caruncho en Córdoba durante el 2025. Allí aprendió que la tanatopraxia es mucho más que “preparar un cuerpo”: es una combinación de anatomía, sistema circulatorio y respeto estético.

“La tanatopraxia consiste en técnicas para demorar la descomposición. Reemplazamos el fluido sanguíneo por químicos fijadores y germicidas. Eso permite que el cuerpo no desprenda olores ni líquidos, y que recupere una coloración natural. El cuerpo queda como si estuviese dormido”, explica con la pasión de quien habla de una obra de arte.

Un acto de empatía

Ante la pregunta inevitable de qué le ve de “lindo” a un cadáver, Federico no duda: “Lo lindo es ayudar a la familia. Ponerme en el lugar del otro. No está bueno hacer un duelo con un ser querido que está amarillo o cianótico por un infarto. Mi trabajo permite que el último recuerdo de esa familia sea de paz”.

Hoy, Federico sigue ejerciendo como docente, pero cuando suena el teléfono de la sala velatoria, acude al llamado. Su labor técnica no solo sirve para el velorio, sino que tiene aplicaciones fundamentales en la medicina legal y forense: “Si el día de mañana se necesita una exhumación, el trabajo que hacemos permite que la pieza esté intacta para ser estudiada”.

A pesar de los prejuicios, Berón lo tiene claro: “El fallecido no te va a hacer nada”. Para él, cuidar a los que ya no están es, en definitiva, una forma de cuidar a los que se quedan.