Por Fermín Borthelle. En la visión de EE.UU. el orden mundial tiene como eje la seguridad del país en todas sus dimensiones: económica, militar, política.

Ese orden se entiende como un conjunto de reglas, no necesariamente escritas, que definen los límites de lo permisible en el marco de cada coyuntura histórica: el siglo XXI se inaugura con la guerra al “terrorismo” de Bush hijo y, ahora, contra el “narcotráfico”.

Objetivos declarados que esconden las verdaderas necesidades de la intervención: el petróleo u otros bienes primarios (ahora, las tierras “raras”) para sostener el sistema económico cuya voracidad reclama, cada vez más, recursos naturales finitos.

Esas reglas del orden mundial solo pueden efectivizarse con un inmenso poder, sobre todo de fuego, pero no solamente: cañones o dólares intervienen cuando aquel poder así lo requiere. Sacar a un dictador por la fuerza o condicionar los resultados electorales con dinero.

“Hard power” o “soft power”, todo es útil para sostener la hegemonía, ahora amenazada por el retador chino. Con Trump y antes Bush hijo, la llamada “pax americana” está definitivamente terminada. El orden internacional construido -no sin contradicciones- luego de la Segunda Guerra Mundial, con eje en un sistema de reglas del derecho internacional, es historia.

En el siglo XXI emerge un orden mundial basado en la guerra “preventiva” (hacer la guerra para evitar la guerra), un formato de intervención que retoma una línea histórica de intervenciones internacionales directas. Todo ello explica la obsolescencia/impotencia de la ONU y de los organismos regionales que, impotentes para detener o expulsar a los dictadores, habilita el unilateralismo militar, es decir, la autorización a quienes como
Trump esgrimen el derecho a intervenir y convertirá aquellos en “reos” de la libertad.

La intervención en Venezuela, contraria al derecho internacional, empezando por la propia Carta de las Naciones Unidas y los acuerdos internacionales de prevención de los conflictos, es una nueva y explícita reactivación del “hard power” de EE.UU.: Donald Trump reactiva una política de intervención expresa, enunciada en 1823 por James Monroe y continuada por Theodor Roosevelt a principios del siglo XX con el “gran garrote” para el “patio trasero” (América Latina).

Doctrinas de intervención actualizada a estos tiempos que amplía su radio geopolítico: de “América para los (norte) americanos” pasamos a “el mundo para los (norte) americanos”.