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| Mónica Manrique. |
Nos envió un e mail avisándonos que desaparecería por tiempo indeterminado, que no avisáramos a la cana, a su madre y menos a su laburo, porque había pedido carpeta psiquiátrica, también por tiempo indeterminado, para rajarse con el amor de su vida.
Nada me sorprende de esta mina que va en busca del amor perdido o la Búsqueda del tiempo perdido, como la novela de Marcel Proust y se arriesga. El grupo de amigas guardó silencio; ninguna advertencia y sólo le deseamos mucha merde en esta nueva etapa para construir su sueño de amor y familia.
He visto a Claretiana llorar en mi patio serrano y hacer crecer el césped con sus lágrimas después de cada ruptura amorosa y también la vi resucitar a los pocos días. Viene a casa a en búsqueda de consuelo y palabras que roba de libros que nunca tuvo tiempo de leer. Antes de este escape alocado y esperanzador se robó un libro de Luis Rodeiro, “vení, volá, sentí…” porque se conmovió con el capítulo Marejada u oleaje con amor y bronca, en dónde cita a Leopoldo Marechal “ En un país junto al mar/
Veletas locas de sueño/ ya no sabían guardar/ fidelidad a los vientos…” y las palabras que necesitaba para su nueva experiencia encontraron sentido en este texto, escrito en el exilio mexicano.
Claretiana es así. Difícil que aprenda a manejarse en la inmensidad de grises que tenemos. Sólo le cabe el blanco y negro. Y sufre como una marrana ante el primer mensaje de texto que recibe diciéndole toy complicado te llamo después. Por datos mínimos nos enteramos que andaba por Oriente, no como la imaginábamos en camello y visitando pirámides, sino en la provincia de Buenos Aires. Desde el vamos la engañaron y lo que prometía ser un viaje soñado terminó en una recorrida por a oscuras por lugares desolados, sin un mango y el perfecto hombre soñado, escapaba de su mujer con tres hijos, más deudas que las nuestras y pedido de captura del colegio porque no paga las cuotas desde marzo.
En un atisbo de lucidez, Claretiana escapó por la ventana, hizo dedo y llegó a su monoambiente en la docta, que por suerte le pertenece. Y comenzó la ardua tarea de recuperarse para poder dar la cara y contar de su fracaso.
Al hacer un repaso de sus bienes personales, afectivos, con el corazón hecho una hilacha descubrió que le faltaban anillos, dólares acovachados en la lata de pan rallado y todas las cartitas de amor, escritas a mano por el innombrable.
Lo más doloroso fue el darse cuenta que se había llevado también el cepillo de dientes, única pertenencia que el descarado osaba dejar en su casa. Solamente y en ese momento, frente a la pileta del baño llena de tierra, en ese hueco vacío que dejó el cepillo de dientes, se le presentó la verdad revelada.
Jamás hombre alguno amanecería en su casa y compró enjuague bucal.


